jueves, 26 de noviembre de 2009

Líneas

Desenfocado. Equivocado el prisma. Te colocas pacientemente las gafas de no ver. Tal vez no exista puesto que no lo has visto. Odias los cambios permanentes, incontrolablemente duraderos. Ni un segundo más en esa habitación en la que el calor es insoportable. Y recuerdas el sonido de la tierra y después la nada, el reconfortante vacío que llena tu alma de pensamientos vendidos. Trazas una línea recta en un papel amarillo y vas colocando momentos, a ratos ríes, a ratos te cuesta respirar. La línea acaba en hoy, finaliza con el frío y la niebla, muere con promesas que sabías que alguien no podría cumplir. Por eso odias los mañanas con sus curvos y mentirosos interrogantes y amas los ayeres de cartón y contrachapado, porque hoy siempre hay esperanza. Cuando te despiertes todo volverá a ser niebla en tus ojos y tendrás que volver a colocarte tus gafas de no ver. Insoportablemente desenfocado.

sábado, 17 de octubre de 2009

Labios confusos

Nunca confundí tus labios con otros labios. La textura del atardecer, la amargura de los últimos días del verano. No negaré que me gusta besar, que adoro los momentos previos al roce, las miradas intensas, los megustas impregnados en alcohol y saliva. La mano que se desliza por la cintura y atrae mi cuerpo hacia el suyo que espera ansioso la aproximación de mi boca. Dudo por un instante. Tal vez por más de dos instantes. Fluyo y le beso sin más, sólo por ver su reacción, por evadirme, por probarme. Nunca confundí tus labios que los guardo plastificados en el bolsillo. A veces todo es tan fácil y un beso es tan correcto, tan sincrónico, acompasado. ¿Cómo podemos besarnos sin más sin confundirnos con otros labios? Con una mano sujeta mi cintura y con la otra mi pierna, qué cálido, que agradable es sentirse parte de un beso perfecto. Sin pensar en nada, sin esperar nada, sólo su lengua que juega con la mía y sus labios que pellizcan los míos, que me acarician, me salvan. Huyo, corro, equivocándome de dirección, lejos, muy lejos, presa del egoísmo de mis labios confusos que nunca confundieron los tuyos.

jueves, 15 de octubre de 2009

Con uve de beso

Beso se escribe con uve, con esa uve que garabatean los niños en cuartillas cuadriculadas, serpenteando entre los versos y fundiéndose después del lazo con otros caracteres. Con uve de verso. Beso sabe a vacaciones de verano, a sal y arena, a noches largas sin dormir que empiezan y acaban de día. Tus besos son cálidos como el vino, rojos, mojados y al beberte me embriago y pierdo el control. Caigo en el vacío de tus manos, que también se perfilan con uve de beso y una y otra vez vuelvo a vagar entre tus labios. Sabes a vainilla y chocolate, mi boca vacila ante las uves de tu boca, hay tan poco tiempo... Es verdad que somos vulgares, en horizontal y en vertical, que tus besos son violentos y van venciendo las barreras. En pocos minutos mi vestido adorna el suelo y me coloco la venda sobre los ojos. Ni yo soy tu víctima ni tú el vencedor de esta partida. Mi cuerpo vibra, vacío de emociones ajenas a este vínculo en el que todo o nada vale, depende del momento. Como venganza, las palabras son el veneno y los besos con uve que deposito con vicio sobre tus labios, la vacuna. Me sobra el primer sentido, sólo necesito oirte, olerte, tocarte, lamerte, para sentirme viva. Sin voluntad, sin posibilidad de volver atrás y reiniciar las uves, vuelo lejos de tu cuerpo.

martes, 13 de octubre de 2009

Sin Suerte

En el lugar donde todo duerme
descansa sin prisa la Suerte.
Olvidadas las alas sobre la mesilla de noche,
con los restos del lápiz de ojos bajo las pestañas,
se sacude el polvo de su vestido dorado y
empieza el nuevo día con nuevas ilusiones.
Despacio. Se desperezan sus ojos hinchados,
estira las piernas y se coloca los polvos mágicos
en los bolsillos de un salto.
Un par de fornidos duendes la miran desde la cama
y susurran con voz quieta que aún no ha llegado la mañana.
Hay tan poco tiempo... y Suerte sale a la calle y la nieve cae sobre sus hombros desnudos.
Un escalofrío atraviesa su espalda y decide que es hora de cambiar su rumbo.
Saca la agenda de entre los pliegues de su vestido y tacha con una pluma tu nombre y el mío.

domingo, 11 de octubre de 2009

Cuando veía furgonetas blancas

Nuestro cuerpo reacciona ante el miedo de forma intuitiva en situaciones inesperadas. Si una acción repetitiva nos provoca pánico nuestra mente nos prepara para afrontar los cambios. Cuando veía furgonetas blancas acababa de sacarme el carné de conducir. Siempre era el mismo vehículo, siguiendo mis ruedas por el espejo retrovisor izquierdo, muy cerca del ángulo muerto. Si me giraba para enfrentarme a ella cara a cara, se desvanecía en el asfalto. Me daba miedo conducir sola, quedarme tirada en medio de una vía y no saber qué hacer, pero ella estaba allí, acompañándome en el camino a clase, y en los primeros viajes. Al principio me asusté pero poco a poco su presencia me resultó reconfortante, agradable y necesaria. Un lunes decidió dejarme y no volví a verla nunca más.
Cuando veía un vampiro en el metro acababa de empezar la facultad. Era alto, con el pelo muy oscuro y una cicatriz en la cara. La primera vez que me lo encontré lo atisbé por el rabillo del ojo y cuando quise mirarlo directamente se derritió en el andén. Durante meses fuimos juntos a la universidad, siempre sin hablarnos, espiándonos el uno al otro en las estaciones medio vacías. Un miércoles dejé de ir a la facultad en transporte público y lo abandoné en Ciudad Universitaria. Creo que se lo esperaba porque al abandonar la estación me lanzó un beso a través de la ventanilla.
Así perdí la furgoneta blanca, el vampiro, la medalla de plata, la goma de pelo. Ya no los necesitaba.

viernes, 25 de septiembre de 2009

No me gustas nada

Siempre te imaginé vacía y ahora te veo llena de estupideces. No me gusta la gente que vive para los demás, los que hacen porque esperan. Tú reclamas mucho. No me gusta la delgada línea dibujada sobre tus párpados, que feminiza tu androginismo, me enferma tu cuerpo recto con sus movimientos preconfigurados. Eres de papel y pantalla, no de carne y hueso. Cuando miras, no ves, cuando haces, destruyes. No me gusta tu máscara de felpa, entretejida con mentiras y pensamientos robados. Tú no eres tú, por mucho que te vendas y algunos confíen. No me gusta tu mirada turbia, tus pequeños ojos negros, tu diminuta y delgada boca. Me identificaste con el enemigo y me atacaste por la espalda. ¿Qué querías que yo tenía? ¿Qué quisiste robarme? Sentí lástima. No me aportas nada y por eso te saqué de mi vida, pero te empeñas en formar parte de ella. Lo has conseguido. Aquí tienes mi reacción: no me gustas nada.

martes, 15 de septiembre de 2009

Los placeres (inmediatos) de Eva

Eva estaba aburrida. Habían pasado varios días desde que un señor llamado dios le había depositado en aquellas tierras. Había deambulado por los jardines, se había bañado en los ríos y lagos, acariciado los caballos y probado todos los manjares que la naturaleza le brindaba. Eva no se encontraba sola, una criatura macho de su especie le hacía compañía. Parece ser que el señor había fabricado primero a su alter ego y que, como vio que se aburría bastante, después la había creado a ella. Aunque la idea de haber formado parte de Adán antes de nacer pueda parecer muy bonita y romántica, a Eva le producía escalofríos. "Una costilla", se decía mientras se palpaba el costado, "Soy una puta costilla". No hay nada romántico en una costilla. Jugaba a esconderse de Adán, que la contemplaba embelesado como si fuera algo mágico. No había sentido dolor en la extracción de esa parte de su cuerpo y al observar a su hija-compañera-amante, el pecho se le hinchaba de orgullo. Antes de marcharse el señor les había dicho que podían tomar todo lo que quisieran del paraíso salvo los frutos de un árbol: el árbol de la Ciencia del bien y del mal. Hasta ese momento ninguno de los dos se había percatado de su existencia. Había arbustos más frondosos, más altos y productos más atractivos que los que colgaban de sus ramas. Al escuchar la palabra "prohibido" a Eva se le alteró el pulso. Durante un tiempo Adán la mantuvo a raya, algo que no fue fácil pues era muy testaruda, pero llegó un día en el que ella le dio esquinazo jugando al escondite y se acercó al árbol prohibido. Los eruditos dicen que fue una serpiente la que le ofreció el fruto y que pudo más la curiosidad que la lealtad. La verdad es que la manzana estaba ahí y que ella empezó a necesitarla. Agarró una y acarició su piel roja y brillante, se la acercó al rostro y olió el aroma que desprendía. Miro a ambos lados y, como nadie parecía observarla, clavó sus dientes en la carne jugosa y fresca de la manzana. Al masticar y tragar el pedazo Eva entendió muchas cosas:
1. Que estaba desnuda. Teniendo en cuenta que Adán era el único animal de su especie, la diferencia entre estar vestido o desnudo no tenía demasiada importancia.
2. Que moriría. Después de llevar varios días en el paraíso aquella vida le parecía monótona y aburrida, para siempre le parecía mucho tiempo.
3. Que sufriría en el parto. Eva volvió a maldecir a la costilla de Adán y se hizo vegetariana y feminista en ese mismo instante.
4. Inclinación al pecado. ¿Pero no había mordido ya el fruto prohibido?
5. Su cuerpo la iba a exigir más placeres de los que necesitaba: bebida, comida, sexo, comodidad,... lo que se traducía también en una mayor diversión.
6. Para satisfacer esos placeres (todos, no sólo los aumentados tras cometer el pecado) tendría que obtenerlos con el sudor de su frente. Eva no sabía lo que era trabajar así que no le dio mucha importancia a este punto.

Adán, que estaba escondido tras un arbusto, vio que Eva tomaba la manzana y corrió hacia ella. Dio un segundo bocado a la deliciosa fruta y le miró. "No está nada mal este hombre", se dijo. Imaginó que ambos corrían desnudos por la pradera y que él la atrapaba con sus musculosos brazos y la arrojaba sobre la hierba húmeda. Inmediatamente Eva se ruborizó y se cubrió los atributos femeninos con las manos, no porque estuviese desnuda sino porque Adán descubriría que algo en su cuerpo había cambiado y quería que él también lo probase para que satisfaciera sus recién surgidos deseos. Adán dudó pero como no veía a dios por ninguna parte...
Después apareció el dictador que los había abandonado en el paraíso y les castigó por desobedecer sus órdenes, arrojándolos a la tierra.

En cuanto Eva se levantó del suelo y se sacudió la arena de rodillas y manos, se abalanzó sobre Adán y le dijo que quería sexo. Él la regañó por haberle tentado y haber comido del fruto prohibido, pero su enfado duró poco. Él también. Luego sintió hambre y buscó comida, sueño y encontró descanso. Como consecuencia, algunas hijas de Eva han heredado de su madre la tendencia hacia la consecución del placer como fin al identificarlo con el bien y de su padre el echarle la culpa de todo a los demás, sobretodo a sus progenitores.